Arañas, parte 1


— ¿Podrías volver a contarme lo de la última vez? Lo que pasó con tu perro.

— ¿Por qué? ¿Ya no se acuerda?

— Sí, sí, me acuerdo perfectamente, pero me gustaría que me lo volvieses a contar. Si no te importa, claro.

— Claro, claro, usted es el profesional. Como ya le dije en la sesión anterior, yo tenía diez u once años, no lo recuerdo bien. En aquel entonces aún vivíamos en el pueblo y yo era el único niño, todos los demás habitantes eran ancianos o gente sin hijos; todos los que tenían hijos se marchaban a la ciudad. Era algo normal, claro, en el pueblo no había colegio. Mis padres tenían intención de que nos mudásemos a la ciudad, pero no tenían suficiente dinero, así que era mi madre quien me enseñaba con ayuda de unos viejos libros de texto.

En realidad, salvo porque no había más niños, el pueblo no estaba tan mal. Yo me llevaba bastante bien con la mayoría de la gente, me contaban sus historias y algunos hasta me daban algún caramelo de vez en cuando. Además había justo a las afueras un bosquecillo que acababa en unas montañas, siguiendo el riachuelo podías llegar desde las tierras de labranza hasta las faldas de la montaña en poco más de dos horas. Yo me divertía en aquel bosque, explorando y tal.



Un día mi padre apareció con un perro, un perrazo en realidad, era casi tan alto como yo. Por lo que pude entender entonces algún vecino se lo dio porque se iba y no se lo podía llevar, así que desde aquel momento tuve un amigo nuevo. No recuerdo cual era su nombre, yo lo rebauticé como Minit. Desde entonces cada tarde, al terminar con mis tareas, Minit y yo nos íbamos al bosque a jugar y a explorar.

Después de tanto tiempo me conocía casi cada rincón de aquél bosque, aunque había lugares en los que, bien por ser difícil de acceder a ellos, bien porque me daban miedo, nunca había llegado a acercarme demasiado. Ese era el caso de la apertura en la montaña que le mencioné la última vez. Era una apertura bastante extraña en las faldas de la montaña, subiendo el riachuelo y luego andando durante casi una hora a la derecha. La apertura penetraba hacia dentro, debía tener una anchura de unos cuatro metros y estaba abierta por arriba, pero los árboles y los matorrales habían crecido dentro de ella, haciendo que entrar fuese complicado incluso para un niño y dotándola de una oscuridad absoluta unos metros adentro. Como entenderá, aquello me daba bastante miedo, no sabía qué podía haber dentro, no se veía absolutamente nada dentro y la imaginación de un niño es demasiado exagerada.

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