2 - La tan ansiada victoria


Ante mí está el precipicio del que tantas veces ha surgido mi muerte. Aún no entiendo qué está pasando, qué es esta maldición ni por qué tengo esta necesidad de seguir una y otra vez. Solo sé que tras esta bestia está la mansión de Marin, la solo una vez caída, y que ella es mi destino.
Agarro con fuerza la empuñadura de mi arma y avanzo poco a poco. Veo surgir una vez más la garra y, tras ella, surge la enorme bestia que cae haciendo temblar el suelo. Me acerco con mi escudo en alto, con cuidado, despacio y sin perder de vista su cuerpo para poder reaccionar ante su ataque.

Entonces lo veo: ese pequeño movimiento en su hombro. Y sé qué va a venir a continuación.
Paro el zarpazo con mi escudo, sé que a mi derecha viene otro y lo esquivo con un pequeño salto hacia atrás, ruedo hacia adelante pasando por debajo del tercero sin que me llegue a rozar y me incorporo dando tres tajos con mi espada que apenas consiguen penetrar su dura piel.
La criatura ruge más de rabia que de dolor y gira sobre sí misma propinándome un coletazo que me hace caer al suelo. Debería haberlo visto venir, la próxima vez no me cogerá por sorpresa.

Durante lo que me parece una eternidad intercambiamos golpes, algunos de los suyos me alcanzan, otros consigo pararlos o esquivarlos, mientras que los míos hacen blanco casi todos, pero está claro que esta bestia es mucho más fuerte que yo. Le he acertado más del triple de golpes de los que he recibido, yo estoy en la últimas, pero esta cosa parece no tener fin.
Sigo golpeándole con mi espada mientras intento evitar sus ataques cada vez más rápidos y agresivos, esquivo, bloqueo, golpeo hasta que, por fin, cae desplomada. Veo cómo su cuerpo se deshace en una ceniza negra que el viento va llevándose poco a poco, dejando tan solo una pequeña hoguera de la que apenas quedan las ascuas con una espada oxidada clavada.

Entonces pasa. Siento cómo la esencia de la criatura entra en mí, una esencia tan grande, tan poderosa, que apenas puedo soportarla. Pero la acepto.
Me acerco a la hoguera casi extinta que ha aparecido y acerco mis manos y de repente sé con toda certeza que puedo, de alguna forma, convertir toda la esencia que he adquirido de mis enemigos en mi propio poder.
Lo hago y siento como mi fuerza y mi resistencia ahora son mayores. Encaro la mansión y de un salto atravieso el precipicio, me acerco a las puertas dobles que me separan del interior, apoyo mis manos en ellas y empujo, abriéndolas.

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