Arañas, parte 3

 

Entonces comenzó: cientos, miles de golpecitos empezaron a sonar por todas partes, cada vez más cerca de nosotros; miré a todos lados y entonces lo vi, estábamos completamente rodeados de arañas; un millar de ellas se acercaban a toda velocidad hacia nosotros. Yo no sabía qué hacer, no tenía nada con lo que defendernos salvo la linterna y en el suelo no había absolutamente nada, ni una sola rama, ni una piedra, era todo arena y Minit estaba agazapado y no dejaba de temblar y sollozar. De repente, faltando aún cerca de un metro para que nos alcanzasen, las arañas se detuvieron en seco formando un círculo perfecto; desde tan poca distancia pude verlas bien, eran del tamaño de un puño, completamente negras, con el cuerpo liso y mate. Miles de pequeños ojos negros nos miraban y yo estaba completamente aterrorizado, no sólo por todas las arañas que habían corrido hacia nosotros, si no porque no entendía porqué se habían parado de repente.


Entonces la vi. Justo delante mía apareció de repente, como salida de la nada, una araña enorme, tan grande como Minit, tan negra que parecía que absorbiese la luz, cubierta de un pequeño pelaje negro. Sus tres ojos me miraban fijamente, directamente a los míos. Estuvimos manteniendo la mirada un rato, no sé cuánto exactamente, pero me pareció una eternidad. Entonces saltó hacia Minit, en un momento estaba absolutamente inmóvil y al segundo siguiente estaba encima del perro. Minit comenzó a retorcerse para quitársela de encima, pero la araña clavó sus patas en sus costados y le empezó a morder en el lomo; aunque el perro se retorcía e intentaba morder a la araña, no era capaz de alcanzarla y poco poco empezó a moverse cada vez menos, supongo que por el efecto del veneno. Entonces la araña se desplazó sobre el cuerpo de Minit hasta quedarse frente a su pecho y clavó sus dientes, dió un tirón y arrancó de cuajo una costilla; Minit hizo un sonido de dolor apenas audible, en sus ojos se podía ver su sufrimiento, su miedo y su dolor; entonces la araña volvió a morder y arrancó otra costilla.


Yo salí corriendo despavorido, pasé por encima del resto de arañas, aplastando a las que no se quitaban a tiempo. Me daba igual lo que aquellas arañas pudiesen hacerme, era la otra la que realmente me aterraba. Crucé toda la estrechura sin el más mínimo cuidado, rozándome con las ramas y haciéndome heridas bastante profundas. Cuando salí eche a correr a través del bosque, directo hacia el pueblo, tropezando varias veces con ramas y piedras. Cuando llegué a casa estaba cubierto de sangre, heridas y arañazos. Mis padres, al verme en aquel estado, fueron corriendo para ver qué me había pasado; yo les conté todo, lo de la gruta, las arañas y lo que le había pasado a Minit. Mi madre me lavó y me curó las heridas mientras mi padre cogía su escopeta y se marchó para ir a buscar al perro.

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