4 - Una y otra vez
Despierto junto a la hoguera que dejó la bestia. Miro hacia la mansión y veo las grandes puertas abiertas, aunque tengo casi la absoluta certeza de que hace tan solo unos segundos estaban cerradas. Siento algo que me atrae hacia su interior, algo que he perdido, algo que me pertenece.
Salto el precipicio y atravieso las puertas y, a mi derecha, un anciano escuálido y ataviado con un traje de gala que alguna vez debió ser blanco, pero que ahora es más bien marrón, me saluda con una inclinación de cabeza, intenta hacer girar sin éxito el picaporte de una puerta que está a su lado, niega y me señala extendiendo la mano el gran salón que tengo justo delante.
Casi en el centro la veo, brillando más fuerte que el sol, la esfera blanquecina que contiene una parte de mi esencia.
Salgo a correr hacia ella y oigo rugidos que vienen de detrás de las columnas, pero los ignoro. Sigo a la carrera hasta llegar a mi esencia y la recojo, siento cómo vuelve a mí y entonces recuerdo lo que pasó: verme completamente a merced de aquellos hombres más muertos que vivos, recibir sus golpes y sentir cómo sus afiladas uñas se clavaban en mi piel sin ser capaz de defenderme, hasta caer. Me recupero como buenamente puedo y salgo corriendo en dirección a las escaleras justo para evitar el primero de los ataques.
Estoy llegando a ellas y no sé cuál subir, ¿izquierda o derecha? Me decido por la derecha. A medio ascenso me detengo y miro hacia atrás. Los hombres parecen haberse rendido, casi una veintena de ellos vuelve lentamente a posicionarse tras las columnas al amparo de la oscuridad donde poder emboscar al pobre incauto que venga detrás de mí.
Termino de subir las escaleras y un poco más adelante veo un caballero de pié haciendo guarida. Lleva una pesada armadura de placas, una escudo pesado y una gran espada. Va a ser un hueso duro…
Desenvaino y me acerco lentamente a él, intentando que no ve vea, voy lentamente junto a la pared deseando que el casco reduzca su visión lateral. Consigo llegar a su altura sin que me haya visto y aprovecho para clavarle mi espada en la junta de la axila. Grita de dolor y deja caer el escudo, pero aún con todo tiene fuerza para atacarme. Detengo su espadazo, que me estampa contra la pared haciendo que mi espalda sufra, y ruedo para quitarme de la trayectoria de su siguiente golpe.
Logro asestarle un par de golpes y detengo el suyo por los pelos, oigo como gruñe debajo del casco que no deja ver ni sus ojos y arremete de nuevo contra mí, detengo un golpe, dos, tres… El agotamiento me impide seguir sosteniendo el escudo en alto y el cuarto golpe me alcanza.

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