5 - La niebla
Logro asestar un par de golpes al caballero y detengo el suyo por los pelos, oigo como gruñe debajo del casco que no deja ver ni sus ojos y arremete de nuevo contra mí, detengo un golpe, dos, tres… El agotamiento me impide seguir sosteniendo el escudo en alto y el cuarto golpe me alcanza.
La herida arde en mi pecho, pero no es suficiente para detenerme, le vuelvo a atacar, pero me esquiva y vuelve a lanzar sus golpes, detengo el primero con el escudo, hago lo mismo con el segundo, pero el tercero lo evito dando un salto hacia atrás, su cuarto golpe pasa cerca de mí, pero no me alcanza; entonces aprovecho unos segundos en que parece estar agotado por el esfuerzo y consigo encajarle varios golpes. Durante unos pocos minutos que me parecen una eternidad seguimos luchando ferozmente hasta que, por fin, cae.
Avanzo unos pasos y veo lo que estaba protegiendo: un gran arco totalmente cubierto por lo que parece una espesa niebla de un color gris oscuro. Siento la necesidad de tocarla y atravesarla, pero hay algo que aún me falta. Recuerdo al viejo de la entrada y la puerta que intentaba abrir sin éxito, quizá…
Avanzo por el pasillo y al final veo unas escaleras de caracol que descienden, escudo en alto bajo por ellas y me encuentro con una puerta. Pongo mi mano en el picaporte e intento girarlo, la puerta se abre. Al otro lado el anciano me observa con lo que adivino debe ser una sonrisa. — Por fin—, me dice.
Vuelvo a subir las escaleras y regreso al arco cubierto por la especie de niebla. La toco con una de mis manos y siento un frío extraño y desolador, siento algo extraño que solo puedo describir como la muerte del mundo, agonizante y forzado a seguir viviendo de forma artificial más tiempo del debido. Siento el deseo de todo de acabar con un sufrimiento que hace mucho debía haber terminado, dando paso a una nueva era.
De repente estoy al otro lado de la niebla. Ante mí hay un gran salón de banquetes, pero las mesas están completamente vacías, las sillas volcadas en el suelo. Tan solo al final del salón veo una pequeña mesa con lo que parece ser algo de comida. De ella se levanta alguien que rodea la mesa, una niña de no más de once o doce años se queda de píe, sonriente y me dice «ven».

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