Cheng, primera parte
El estrecho callejón estaba apenas iluminado, era el lugar perfecto para hacer negocios, el tipo de lugares que le gustaba a Vito, así nadie podría verles; aunque de todas formas ningún poli se atrevería a meterse en sus asuntos. Un gato paseaba por el borde de la azotea de uno de los edificios que daba al callejón mientras observaba distraídamente a los tres italianos que esperaban con un maletín y comprobaban sus armas de forma mecánica, de repente algo le erizó el pelo, miró a su alrededor sin ver nada, pero ahí había algo, así que salió corriendo.
Las dos mujeres que entraron en el callejón desentonaban totalmente, ambas llevaban vestidos de colores vivos con estampados florales y rubios cabellos ondulados. La del vestido azul se acercó a Vito.
—Señor Siminiani ¿tiene lo que mi jefa le pidió?
—Sí, aquí está. — Vito entregó el maletín a la mujer, un temblor en sus manos se hizo evidente—. ¿Tú tienes lo nuestro?
—No me insulte señor Siminiani, no se atreva a hacerlo.
La mujer hizo un gesto a su compañera y esta sacó un pañuelo de su bolso, se lo entregó a la primera y ella se lo dio a Vito. Apenas un segundo después Vito y sus hombres estaban inconscientes en el suelo y ambas mujeres observaban a la sombra que acababa de derribarlos con absoluta facilidad.
Cheng se dio la vuelta y ambas lo miraron al mismo tiempo, aquel chico apenas pasaba la veintena, no llegaría al metro setenta de altura y debía pesar como una pluma, sin embargo, había neutralizado a tres tipos que deberían haber podido darle una paliza sin apenas despeinarse.
—Bonitos ojos. —La misma mujer que había hablado antes con Vito lo miraba directamente a los ojos, unos ojos de un azul intenso que destacaban sobre sus rasgos asiáticos.
—Gracias, pero no estoy aquí para eso. Simplemente dame el maletín, y esto —Cheng le mostró el pañuelo que le había entregado al italiano— me lo quedo también.
—Eso no es suyo, le ruego que me lo devuelva.
Los ojos de la mujer, de un marrón claro, comenzaron a oscurecerse mientras veía como Cheng guardaba el pañuelo. Los ojos de la mujer se volvieron completamente negros, susurró unas palabras y su iris se hizo totalmente blanco. El pañuelo salió disparado del bolsillo de Cheng y acabó en la mano de la mujer. Cheng salió de su sorpresa y se lanzó en su dirección para, un instante después, estar frente a ella. Sabía a lo que se enfrentaba y era consciente de que la única oportunidad que tenía era acabar con ellas antes de que tuviesen tiempo de reaccionar.

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