8 - Marin, la solo una vez caída. Parte 3


Marin apretó el paso, no tenía miedo, o al menos intentó convencerse a sí misma, pero prefería llegar cuanto antes con su padre.

Recorrió varios círculos que cada vez se encontraban más estropeados, sucios y solitarios. Andaba tan rápido que le empezaba a faltar el aire, pero al menos había conseguido pasar desapercibida. Había perdido la cuenta de cuántos círculos había recorrido y no tenía idea de en cuál se encontraba, quizá el vigesimosegundo, pero debía faltarle poco para llegar al vigesimocuarto, ahí la conocían, la recordarían y la ayudarían si tenía algún problema. Además, era mucho más tranquilo y no daba tanto miedo. Entonces, pensando aquello, Marin se dio cuenta de que sí, tenía miedo.

Seguía caminando apresuradamente y mirando a su alrededor y hacia atrás cuando se golpeó con algo, al mirar hacia delante vio que se trataba de una persona. El hombre que tenía delante vestía tan solo un pantalón hecho jirones y no llevaba ni calzado ni camisa, estaba muy sucio y tenía el pecho y los brazos llenos de cicatrices. Aquel hombre la miraba, sonriendo.

—Vaya, vaya, pero qué tenemos aquí.— Dijo el hombre —. ¿Te has pedido, niña?

Marin no respondió y comenzó a rodearlo para seguir su camino, entones una mano en su pecho la detuvo.

—Pero no te vayas aún, acabamos de conocernos. —El hombre rio de una forma que a Marin le resultó sumamente desagradable.

—Voy a casa —, respondió.— Mi padre me está esperando.

—Y tu padre deja a su niñita andar sola por aquí. Mal padre es ese hombre, me parece a mi.

—¡Mi padre es el mejor! —Gritó Marin. Entonces se zafó de la mano y salió corriendo.

Apenas había dado tres zancadas cuando sintió cómo algo le tiraba de la camisa hacia atrás. El hombre la había atrapado. Le dio la vuelta y la levantó varios palmos del suelo agarrándola de la camisa con la mano izquierda. Se llevó la derecha hacia la parte trasera de su pantalón y sacó un extraño cuchillo. No era como los cuchillos que tenían para comer en casa, ni siquiera como los cuchillos que le había visto a los carniceros, aquel cuchillo era bastante pequeño. Su hoja no mediría más de diez centímetros y se curvaba hacia delante, no podía ver cómo era el mango, pero sí que de el salía un pequeño punzón.

El hombre le acercó aquel cuchillo a la garganta, pegado a la piel, de forma que podía sentir casi cómo le cortaba. —No volverás a ver a tu padre.— Dijo.

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