Cheng, tercera parte
Tras levantarse del suelo Vito encaró a Cheng.
—Me cago en tu sangre Cheng, ¿cómo le voy a explicar esta mierda a mi padre? —Vito estaba muy cansado de que Cheng le jodiese todos los chanchullos a Carlo, y más aún aquellos en los que él estaba implicado. Sabía que Cheng haría lo posible por acabar con su padre, él tampoco estaba de acuerdo con lo que hacía, pero no le quedaba otra hasta que pudiese huir de la ciudad. Miró a su alrededor y vio a sus compañeros aún inconscientes y comprobó que las mujeres habían desaparecido, se rebuscó en los bolsillos para comprobar que no tenía lo que había ido a buscar—. ¿Qué ha pasado aquí?
—Vuestras amigas eran más duras de lo que parecía, se han ido con vuestro dinero y con lo que fuese que os traían. ¿Qué era ese pañuelo, está Carlo resfriado?
Vito miró a Cheng con expresión reprobatoria, su humor nunca le había hecho ninguna gracia, además no era el momento más adecuado.
—No es asunto tuyo Cheng —señaló a los dos hombres del suelo—, lo de estos dos ha sido cosa tuya, ¿verdad?
Cheng asintió con un gesto de cabeza.
—Lárgate a casa —le ordenó Vito mientras se agachaba junto a uno de ellos — y olvídate de este asunto, por tu bien.
Cuando Cheng abrió la puerta su madre esperaba de pie. Sabía que cuando salía a hacer “sus trabajitos” ella lo vigilaba, al fin y al cabo, toda madre se preocupa por el bien de sus hijos, ¿verdad?.
El resto de personas, incluido su padre, veían en su madre a una mujer de rasgos asiáticos, de pelo oscuro y que parecía mucho más joven de lo que en realidad era, Cheng podía ver el aspecto que tenía en realidad: una anciana de rasgos nórdicos, alta, de una larga melena rubia y marcada por los cientos de arrugas a causa de la edad, que probablemente fuesen varios cientos de años, aunque no estaba seguro. Pero como ella solía decir, ya que cambiaba su aspecto al menos podía estar guapa.
—Apestas a magia, hijo. —No había esperado siquiera a que Cheng cerrase la puerta.
—Lo sé, no era lo que tenía pensado para esta noche, la verdad.
—Sabes que no me meto en tu manía de intentar librar esta ciudad de los malos, hijo, pero creo que esta vez te supera. Prométeme que no vas a enfrentarte a esas mujeres. —La expresión de preocupación de su madre era totalmente sincera, de hecho, Cheng no recordaba haberla visto nunca tan preocupada.
—Te lo prometo, madre —mintió—, me olvidaré del asunto.
—Bien, ahora date una ducha y acuéstate, que estás hecho un desastre.

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