10 - Marin, la solo una vez caída. Parte 5
El hombre estaba tirado en el suelo haciendo aquel extraño sonido mientras la sangre que brotaba de su cuello formaba un charco embarrado cada vez más grande. Marin dio media vuelta y comenzó a correr, corrió sin saber a dónde se dirigía, sin pensar, sin ver lo que había a su alrededor, hasta que de pronto se vio en medio del mercado. Se paró en seco y miro los puestos, la gente yendo de un lado a otro, los tenderos gritando para que los clientes se acercasen a comprar sus mercancías y frente a ella el sol que ya empezaba a ponerse.
Ahí, de pie, Marin bajó la cabeza para poder mirarse, tenía la ropa sucia, llena de tierra y barro y aquel cuchillo en la mano, pero no tenía nada de sangre, ni siquiera la hoja o el punzón que tenía en la base del mango estaban sucios, como si no hubiesen cortado a aquel hombre, pero recordaba lo que había pasado, estaba segura de lo que había hecho. Tan solo habían transcurrido... No tenía la más mínima idea de cuánto tiempo había pasado, mientras corría había perdido la noción del tiempo.
Guardó el cuchillo debajo de su camisa con cuidado de no cortarse y empezó a andar entre la gente. Algunos miraban a aquella niña sucia caminando sola, muchos con recelo, la mayoría la ignoraba. Después de un rato caminando entre el gentío pudo ver el edificio con la gran chimenea expulsando un negro que de vez en cuando cambiaba a blanco, la herrería de su padre. Marin echó a correr esquivando a la gente que se interponía en su camino hasta llegar a la puerta abierta, la atravesó y notó el calor sofocante que había siempre que su padre trabajaba, los golpes del martillo golpeando el metal contra el yunque con una cadencia perfecta la ensordecieron. Su padre estaba ahí, su espalda y sus brazos musculosos y empapados en sudor, su pelo negro y muy corto, hacía tanto que no lo veía que no lo pensó, corrió hacia él y saltó para abrazarlo.
El hombre dio un respingo al notar que alguien le agarraba de repente por detrás, giró de golpe dispuesto a asestar un martillazo a quien fuese, pero vio a nadie a su espalda. En su lugar sintió como lo que fuese que lo había agarrado resbalaba y pudo ver por el rabillo del ojo una pequeña figura salir disparada. Se acercó listo para asestar un golpe con el martillo y entonces la vio.

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