Cheng, cuarta parte
A la mañana siguiente la vida en la ciudad seguía como siempre y nadie sabía lo que había pasado la noche anterior. Aunque todo el mundo sabía cómo funcionaban las cosas con los Siminiani nadie sospechaba que, aparte de la extorsión, el tráfico de sustancias ilegales y el resto de negocios que hacían de Carlo Siminiani, el dueño de aquel lugar, también había cosas más turbias y extrañas.
Cheng salió de casa alegando ir a hacer algunas tareas. Apenas una hora después estaba frente a la mansión de los Siminiani, la casa más grande que había en toda la ciudad, totalmente rodeada de muros vallados y cuyo único acceso estaba protegido por una enorme verja y dos hombres armados. Además, el enorme jardín que rodeaba la casa estaba plagado de vigilantes haciendo su ronda y varias cámaras de vigilancia.
La habitación de Carlo estaba en la tercera planta, quizá fuese una locura hacer aquello a pleno día, pero necesitaba saber lo que estaba pasando y porqué Carlo Siminiani estaba haciendo tratos con brujas. Saltó el muro de más de tres metros como si nada y un segundo después estaba junto a la fachada de la casa. Esperó a que los guardias no pudieran verle y las cámaras estuvieran apuntando en otra dirección, entonces trepó por la pared hasta llegar a la ventana de la habitación de Carlo. Se quedó colgando del borde y con la oreja tan pegada como podía para escuchar sin que lo viesen desde el interior, entonces la ventana se abrió mientras una voz le pedía que pasase.
Carlo Siminiani era un hombre envejecido, aparentaba muchos más años de los que tenía, la cara llena de arrugas, unos ojos hundidos y ojerosos, además de un pelo casi completamente cano y con calvicie incipiente probaban que la vida no le trataba bien. Sin embargo, aún conservaba un físico robusto, un cuerpo completamente musculado que mantenía su traje en constante tensión. Se sentó al borde de la cama y le indicó con un gesto que se sentase en una silla que había a su lado. No era la primera vez Cheng que hablaba directamente con aquel hombre, hacía tiempo el mismísimo Carlo Siminiani había sido su suegro, pero lo suyo con Gina había acabado mal, tremendamente mal.
—¿A qué se debe el placer, chico?
—Venía a ver a tu hijo, he oído que anoche tuvo problemas y quería ver cómo estaba.
—¿Y no puedes llamar a la puerta como todo el mundo? Aunque mi hija no quiera ni verte sé que Vito y tú sois amigos, puedes venir cuando quieras; aunque puede que si Gina te ve te vuele la cabeza, lo que me quitaría un problema.
Carlo se levantó y se acercó a la ventana, miró hacia abajo asombrado por la altura que había trepado Cheng.
—Mira chico, os he dejado a ti y a tu familia en paz, pero me estoy cansando de que estés constantemente metiéndote en mis asuntos, así que, si no quieres que el restaurante de tu padre se convierta en cenizas, dedícate a cocinar arroz y pollo kung pao y déjame tranquilo.
Cheng se levantó y se dirigió hacia la puerta, pero antes de terminar de abrirla se detuvo y miró a Carlo.
—Sólo una pregunta, ¿qué es ese pañuelo?
Carlo, que seguía mirando por la ventana se giró con expresión severa.
—Acabo de decirte que, por tu bien, dejes de meter tu chata nariz en mis asuntos y tú eres tan idiota como para hacerlo sin siquiera haber salido de mi habitación. Mejor lárgate de aquí ahora mismo.
Cheng obedeció y abandonó la habitación sin obtener las respuestas que buscaba, cerró la puerta tras de sí y descendió las lujosas escaleras de mármol. Al llegar a la planta baja encontró a Vito apoyado en el marco de la puerta principal mientras fumaba un cigarro, lo saludó con una sonrisa y un gesto de cabeza mientras Cheng caminaba en su dirección para abandonar la mansión de los Siminiani y, justo cuando estaba a punto de salir, lo agarró fuertemente del brazo.
—Pásate a medianoche, o no, según las ganas de bronca que tengas.

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