Cheng, quinta parte
El día transcurrió lento, demasiado lento. Cheng tan sólo podía pensar en lo que pasaría esa noche en la mansión Siminiani, y tenía un mal presentimiento, aunque claro, nunca había hecho mucho caso de sus presentimientos. Sin embargo, esta vez era diferente, sentía miedo y la advertencia de su madre resonaba en su cabeza, como si intentase disuadirle. Aun así, cuando el reloj marcó las once se levantó y se encamino hacia su objetivo.
La casa de los Siminiani estaba rodeada de guardias, aún más que de costumbre, además había varias mujeres vestidas totalmente de negro junto a ellos; daba la sensación de ser ellas quienes dirigían la vigilancia, y los hombres parecían temerlas a pesar de ser ellos los que iban armados. Cheng se agazapó entre unos matorrales cercanos, buscando el lugar y el momento más propicios para colarse en la mansión. Tras varios minutos no logró encontrar un solo punto débil, además sentía cómo el muro emitía una vibración extraña, por lo que decidió que la mejor opción era entrar directamente por la puerta principal, que además parecía la parte menos protegida. Seguramente pensaron que nadie sería tan estúpido como para intentar colarse directamente por ahí.
El plan era el de siempre: un movimiento rápido, casi imperceptible, un puñetazo lateral en la nuez hacia la izquierda y otro de revés para volver a dejarla en su sitio, el dolor haría su trabajo y caería inconsciente. Eso le llevaría apenas un segundo, el otro guardia no habría terminado de entender lo que estaba pasando cuando un pie se clavaría en la boca de su estómago haciéndole inclinarse hacia delante lo suficiente como para estar al alcance de un talonazo que lo haría perder el sentido. Para entonces la mujer quizá se hubiese percatado de lo que estaba sucediendo, pero un golpe con las manos abiertas en los oídos la desorientaría lo suficiente como para dejarla fuera de combate sin demasiada dificultad. Rápido y discreto, y tendría el camino libre.
Cheng cogió aire y se lanzó contra su primer objetivo, menos de un segundo después la garganta del hombre había crujido dos veces y este caía desplomado al suelo, lanzó una patada contra el estómago del segundo guardia, pero antes de que lo alcanzase, el aire a su alrededor empezó a vibrar y sintió como su piel se erizaba; una fuerza invisible lo lanzó contra el muro y cayó de bruces contra el suelo. Se repuso lo más rápido que pudo y vio a la mujer frente a él, con los ojos negros y la pupila blanca como la luz, al igual que las mujeres de la noche anterior. Se levantó de un salto y lanzó un puño contra su cara, pero el aire pareció convertirse en una masa impenetrable y el movimiento del golpe se detuvo antes de alcanzarla, de repente algo tiró de sus manos hacia atrás y las aprisionó contra su cintura, al igual que hizo con sus pies.

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