Cheng, sexta parte


La mujer lo llevó a la mansión, flotando en el aire con pies y manos atrapados por aquella fuerza invisible, ella subió las escaleras y su cuerpo la siguió levitando, incapaz de zafarse por mucho que lo intentase. Ambos entraron al despacho de Carlo Siminiani, donde se encontraban él junto a las dos mujeres de la noche anterior; al principio no las reconoció, pues esta vez no vestían los alegres vestidos floreados, sino vestidos totalmente negros.

Una de ellas se le acercó y le acarició suavemente la cara, desde el mentón hacia arriba, hasta que llegó al pelo y le tiró de él acercándolo a su cara.

—¿Te acuerdas de mí? —le preguntó con los ojos llenos de rabia. Se trataba de la mujer a la que había logrado golpear en el callejón—. Vas a pagármelas…

Una mano delgada y de un blanco insano la agarró de la muñeca haciendo que soltase el pelo de Cheng, la mujer que la acompañaba y que lo detuvo cuando se enfrentó a la primera la hizo retroceder.

—Tengo mejores planes para él, Agnes. El señor Siminiani querrá probar el resultado de nuestro trabajo cuando terminemos, y quizá este chico sea un buen conejillo de indias.

Agnes liberó su mano de la otra mujer con una sacudida, miró a Cheng con odio y se retiró sin mediar palabra. Carlo Siminiani se acercó, puso una mano bajo el pecho de Cheng y lo elevó para ponerlo a la altura de su cara.

—Te dije que no metieras tus narices en mis asuntos, chico, te lo advertí.

Carlo y la mujer se alejaron y él se sentó en una silla mientras Agnes observaba desde un rincón, mirando de rato en rato con los ojos llenos de ira a Cheng, que observaba la escena mientras forcejeaba en vano con sus ataduras invisibles. La mujer sacó de la nada el pañuelo, Carlo elevó la cara y cerró los ojos y ella se la tapó con él, comenzó a pronunciar unas palabras ininteligibles y el aire en la habitación empezó a chisporrotear mientras del pañuelo surgían virutas de humo que comenzaron a rodear el cuerpo de Carlo Siminiani. Unos minutos después todo su cuerpo estaba cubierto de una capa de humo negro que empezó a expandirse. La figura de Carlo, completamente envuelta en humo, se levantó de la silla y comenzó a crecer en tamaño hasta casi doblar el inicial, entonces el humo se fue disipando y dejó ver a un Carlo mucho más grande, mucho más fuerte y mucho más joven.

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