11 - Marin, la solo una vez caída. Parte 6


Marten tenía aún el corazón acelerado por el sobresalto cuando se acercó a la figura que había tendida entre el montón de ramas y paja que tenía para prender el horno. Al principio no la distinguió, quizá por lo inesperado, por no decir imposible, de que estuviese allí, pero en efecto, era su hija, Marin.

La niña estaba cubierta de tierra y barro, su camisa tenía un rasgón y vio lo que parecía una marca en el cuello. Se acercó para ver mejor, y así era, su hija tenía una marca roja alrededor del cuello, como si alguien la hubiese agarrado.

—Marín, ¿qué te ha pasado? —preguntó, preocupado.

La niña lo miró y frunció el ceño. —Pues que me has tirado contra las ramas —le gritó.

—¿Qué? —preguntó Marten sorprendido por la respuesta de su hija—. No, quiero decir que qué te ha pasado. Estas sucia y ¿qué es esa marca en tu cuello?

—¡Ah! —exclamó ella palpándose el moratón que le rodeaba el cuello. Entonces miró a su padre, el triple de alto que ella, y abrazó su pierna con fuerza—, No importa, papá, lo importante es que por fin estoy contigo otra vez.

Marten se agachó y la levantó usando su antebrazo como asiento, le revolvió el pelo y  le sonrió.

—De acuerdo —dijo—. Vamos a comer y me lo cuentas. Pero antes tengo que mandar un mensaje a tu madre, estará preocupada. No sé cómo se le ha ocurrido dejarte venir hasta aquí.

Marin desvió la mirada. —¡Maldita sea! —le gritó su padre—, no le has dicho nada. Ahora vengo.

Entonces su padre salió corriendo de la herrería. Marin aprovechó para ver las herramientas y las armas que hacía tanto que no veía. Antes de mudarse iba todos los días a ver cómo su padre trabajaba, lo observaba dar forma a trozos de metal a martillazos. Pero a pesar de los golpes y el ruido Marin podía ver que en realidad era un trabajo delicado. La prueba estaba en el resultado, su padre convertía esos trozos de metal en las armas más bellas de la ciudad,

Pasados unos minutos Marten volvió, se acercó a ella y la miró fijamente durante un momento, con el gesto torcido.

—¡Maldita sea, Marin! —gritó de repente— ¿Cómo demonio se te ha ocurrido? ¿Sabes lo peligrosos que son los círculos exteriores?

—Pero papá.

—¡Ni papá ni nada! Ahora mismo me vas a contar qué demonios te ha pasado de camino aquí.

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