Cheng, octava parte
La mano de Carlo agarró la cabeza de Cheng y la aplastó contra el suelo, Cheng intentó liberarse, pero le italiano era demasiado fuerte. Cheng se concentró en sus antebrazos, y una serpiente salió de cada uno de ellos, lanzándose directas al cuello de Carlo, que se alejó instintivamente dejando el tiempo suficiente a Cheng para rodar hacia un lado y volver a ponerse en pie.
Carlo se palpó el cuello para comprobar que las alimañas no le habían hecho nada y miró a Cheng sorprendido.
—¿Qué ha sido eso?
Cheng no contestó, se limitó a quitarse la camiseta y dejar al descubierto un cuerpo lleno de tatuajes: una serpiente enroscada en cada uno de los antebrazos, un dragón que ocupaba todo el pecho, una máscara de un demonio chino en el brazo izquierdo y un sinfín de ideogramas. Carlo asintió al entender el origen de las serpientes.
Cheng concentró su energía y los ideogramas tatuados en su cuerpo comenzaron a emitir un brillo dorado y de su pechó surgió un dragón de escamas verdes y ojos completamente rojos. La criatura rugió haciendo temblar la habitación y se lanzó en dirección a Carlo, que golpeó su cabeza antes de que llegase a alcanzarle, enrolló el cuerpo del dragón en su brazo y tiro con todas sus fuerzas. Cheng sintió cómo le arrancaba el dragón y cayó al suelo con la cabeza embotada debido al dolor.
Carlo dejó caer el cuerpo del dragón muerto al suelo, que comenzó a deshacerse como ceniza, y se acercó a Cheng, que se retorcía de dolor, y comenzó a golpearlo. Cheng sentía los golpes que la figura borrosa de Carlo le asestaba, pero era incapaz de reaccionar, su cuerpo no respondía y apenas podía pensar, sólo resonaba en su cabeza las palabras de su madre: «esta vez te supera».
Carlo seguía golpeando sin piedad, pero aquel chico se resistía a morir. Se dirigió hacia el escritorio de la habitación y cogió un pequeño cortaplumas, al fin y al cabo, muchas veces lo más sencillo era lo más efectivo. Volvió hacia Cheng justo a tiempo de ver cómo sacaba una máscara de su brazo y se la colocaba en la cara. El cuerpo de Cheng se retorció en el suelo dando espasmos, Carlo vio la expresión de terror en las caras de las dos brujas que desaparecieron, dejándolos a los dos solos.
El cuerpo de Cheng empezó a crecer, llegando a triplicarse en tamaño, su piel se tornó de un negro reluciente y todos sus músculos se hincharon, la máscara se fundió con su cara y se puso en pie. La cabeza de aquello en que se había convertido casi llegaba al techo, desde donde observaba a Carlo con una sonrisa diabólica.
Carlo se dirigió en su dirección y lanzó un golpe contra su estómago, al impactar, sintió como cada uno de los huesos de su mano se quebraba y lanzó un alarido de dolor. Cheng comenzó a reír a carcajadas y le asestó una patada que lo lanzó contra la pared, donde quedo incrustado con todas las costillas rotas. El demonio miró divertido a Carlo y comenzó a andar hacia él.
Carlo cerró los ojos y rezó porque al menos fuese rápido. Sin embargo, no pasó nada; volvió a abrir los ojos y vio a una mujer alta y rubia mirando directamente al demonio.
—Yaomó —la mujer habló al demonio por su nombre—, tenía la esperanza de no tener que volver a verte.
—Vanas esperanzas las tuyas, Dea, pues sabes bien que tu hijo y yo somos uno y uno seremos siempre.
—Para mi desgracia y la de mi hijo, ahora te pido que te retires, aún no es tu momento.
—Verdad hay en tus palabras, mujer; pero si de mi voluntad dependiese jamás abandonaría este mundo, y bien lo sabes.
—Lo sé Yaomó, ahora vete.
El demonio se llevó una mano a la cara y arrancó la máscara, su cuerpo comenzó a encoger para volver a ser el de Cheng. La máscara se deshizo en el aire y volvió a aparecer tatuada en el cuerpo de Cheng, al igual que el dragón. La mujer se acercó a Carlo y, con un suave gesto, retiró el pañuelo de su caro y todo fue negro.

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